CACAHOATÁN Y EL SEÑOR DEL CERRO

Hace diez años, en 1998, por recomendación de Don Armando Parra Lau, mi suegro tuxtlachiquense, entrevisté a Don Rufino González López (+), antiguo cronista de Cacahoatán, para conocer algo de la tradición oral de ese pueblo. Me contó dos o tres cosas sobre el Cacahoatán de los años cuarenta, el Señor del Cerro y en especial, una de las mil historias del Sombrerón y sus ganados del Inframundo. Estas fueron sus palabras:

¿Cacahoatán? [desde] la antigüedad y hasta principios del [siglo pasado] solo era un lugar de paso, tanto para las personas de a pie [como para las] de a caballo, [además de] la carga de los arrieros y sus patachos de mulas. Era lugar de posada y lugar de descanso para la gente y las mulas. Sólo existía dos o tres casas sobre la calle principal y luego hacia los lados solo había potreros en donde se soltaba a las mulas, burros y caballos para que pastaran.

Era un pueblo de paso, camino a las fincas cafetaleras, rumbo a la Sierra. Llegando a Unión Juárez, Muxbal, las fincas que están por allá arriba… Aguacatlán, Iturbide, El Águila, la zona cafetalera… Un camino muy malo que solo servía para [los] patachos de mulas que cargaban costales de café hasta Tapachula y de ahí, [a una especie de] trenecito jalado por mulas hasta Puerto Madero, en donde a través de barcazas, jaladas por lazos, desde la playa… hasta un barco grande era llevado el café. Eran barcos que venían desde Panamá recogiendo todo el café que se cosechaba en Guatemala, Chiapas y toda Centroamérica. Era el café que los alemanes se llevaban rumbo a Europa.

Entonces, en la calle principal de Cacahoatán se veía desfilar todos los patachos. La mayoría con [fardos] de café, aunque también de cacao, leña, panela y otras mercaderías. Pasaban por acá gentes de a caballo, dueños y administradores de fincas, comerciantes… así que siempre fue un pueblo pequeñito, mientras que Tuxtla Chico fue un pueblo más grande y establecido. Solo había casas y construcciones sobre la calle principal [que] conectaba con el viejo camino a Tapachula y las fincas, donde se concentraban las posadas, fondas y reparos para las bestias.

Se entiende que Cacahoatán es un pueblo muy viejo porque… se habla de la destrucción de Izapa, esa ciudad antigua, por cuenta de una invasión o proliferación de murciélagos gigantes que [asolaron] cultivos, animales y a la población misma. Niños y jóvenes huyeron de toda la zona y poblaron Tuxtla Chico. Aunque también se entiende que no sólo se establecieron ahí, sino también en otros lugares viejos: Huehuetán y Tapachula, por ejemplo, y otros lugares.

Huitepec hermoso. Sxbal de LC (2004).

Sí. Se conoce la historia de La Aparecida del Volcán. Alguien se había ahogado. Después de esa muerte es que la mujer esa [ha dado por] bañarse en la laguna del Tacaná aunque… leyenda bonita la del Señor del Cerro, del ejido Toquián Las Nubes, aunque en Mixcúm [tienen] otra: la del Señor del Monte o del Señor de los Cafetales. Ha de haber algo de verdadero en esas dos leyendas porque… en estas fechas precisame

nte, los chimanes llegan al cerro para rezar y ofrecer sus ofrendas al señor dela Montaña…

Esta, la del Señor del Monte es la de un ladino que se aparece a los hombres que trabajan en los cafetales. Cuando éstos tienen dificultades les ayuda, sobretodo [a resolver] problemas relacionados con su trabajo. Les ayuda, aunque a veces se aparece como un ser [malévolo] que pierde, amarra… ayuda especialmente a los necesitados, a los campesinos, a los dueños de las pequeñas parcelas sembradas de café. Y hay otra leyenda aquí enla Finca LaRioja, en donde un hombre de a caballo se mete a una cueva todas las noches, y ahí se meten, se guardan todos los animales del monte: venados, coyotes, conejos, en fin. Ya adentro los propios animales sirven como muebles al Señor del Monte. Le sirven como mesas, sillas, camas. Quien se atreve o intenta penetrar a estas cuevas, queda perdido para toda la vida, dándole vueltas a la cueva.

Si. Perdidos en esas dos formas: que se pierden físicamente en el lugar. Que no encuentran los caminos ni su casa, y que se pierden mentalmente y se vuelven locos.

Esto, mucha gente lo cuenta. Dicen que pasó hace mucho tiempo. Es la historia del señor que perdió unas vacas y fue a buscarlas a la montaña. A campear salió el hombre por los caminos del cerro y entonces… en uno de los cruceros de la montaña alta se encontró con un hombre vestido de charro… grueso, alto y negro, montado en un caballo hermoso. Éste le preguntó:

–¿Idiay… qué andás haciendo por aquí, oh?

–Ando buscando mis vacas perdidas ¾le contestó.

–No te preocupés, hombre ¾le dijo el del charro negro¾. Allá las tengo en el rancho… te voy a llevar para que conozcás mi casa y recojás tu ganado. Andaba perdido ese ganado, efectivamente, y sólo se vino a regalar aquí… y como no sabía yo de quién era, pues… pero te voy a tener que vendar los ojos ¿viste? No vaya a ser que reconozcás el camino…

–Bueno, está bien ¾contestó aquel¾. Acepto. [Todo sea por] recuperar mi ganado…

Y así continuaron el camino hasta llegar, siempre ascendiendo por la montaña. Al descubrirse los ojos, cuando llegaron, [observó] que este era un rancho bien alineado y precioso; donde había mucha gente y bastante actividad. Unos en las hamacas, otros deambulando por ahí… mujeres haciendo las labores de la casa, haciendo comida, en fin… Pero en una de tantas pidió descansar, tanto él como su caballo. Pidió permiso para descansar en una de las hamacas del corredor. Se fue para allá y ahí medio platicó con uno de los peones de la finca. Éste, [en buen plan] y en voz baja le sugirió que no aceptara nada de lo que le ofreciera en regalo, el hombre de negro, El Sombrerón. Ni nada de lo que le prometiera.

–No le aceptés nada —le dijo. Nada de nada. ¿Viste?

Al día siguiente, el Dueño se acercó al de las vacas perdidas, pero ahora se le presentó con cuernos, con cola, en fin… ¡como el mismo diablo! [Le ofreció] bienes y riquezas. Le dijo que quería su amistad, que podían ser amigos, pero como ya estaba advertido… no le aceptó nada. Lo que sí, el hombre le preguntó al cachudo que cuándo le entregaría sus vacas.

–Hhhmmm. Esperáte —fue su respuesta—. Si no aceptás nada de lo que te estoy ofreciendo, entonces tal vez te interesás por alguno de esos marranos¾. Le señalaba un chiquero grande, lleno de cochis gordos y limpios.

–Destazá el que más te guste y así te llevás un poco de carne y tus chicharrones calientes. Si hacés esto, cuando regresés a tu rancho ya vas encontrar tu ganado ahí.

Y bueno, así le hizo. Le prestaron un cuchillo, agarró de la oreja al marrano más gordo, más esbelto y correoso y… cuando ya iba a sacrificarlo, el [propio] marrano habló, casi murmurándole al oído.

–Compadrito, compadrito, no me matés. —Así lo escuchó clarito—. Aunque me veás así, soy tu compadre Fulano de Tal. Me ganó desde hace tiempo El Sombrerón, por ambicioso. Y ahora lo que quiere es que vos me matés.

El compadre [sin embargo] sabía perfectamente que [en esa situación], o era él o era su compadre. Sabía que si no mataba al marranito, eso mismo le pasaría a él. Además de que ya no regresaría a su casa ni recuperaría sus vacas. Así que ni modo. Destazó [en el acto al] marrano y del compadre hizo chicharrón. De esta manera, el ranchero se vio obligado aceptar lo que finalmente le ofreció El Sombrerón quedando, aún en contra de su voluntad, compactiado con el demonio. Le amarraron pues sus atados de carne fresca y chicharrón caliente, ensilló su caballo para emprender el camino de vuelta y los vaqueros y ayudantes de El Sombrerón se encargaron de vendarle los ojos. Ahora fue acompañado por estos, bajando los caminos serpenteantes de la montaña hasta que estuvo frente al patio de su casa.

Y apareció ahí, sólo y sin compañía. Todo desmadejado y cansado.

–Y ahora vos –le preguntó su mujer– ¿Dónde diablos te metiste? Te hemos buscado. Tiene dos días que te perdiste. Lo bueno es que [mientras tanto] ya hasta apareció en el potrero el ganado perdido.

–Oí… y ¿qué es lo que traés ahí?

–¡Ah! lo que pasa es que pasé a uno de estos ranchos onde andaba yo campeando el ganado y me regalaron carne y chicharrón.

Claro. Era carne y chicharrón pué, [aunque] nunca pudo decir nada sobre la verdad: que era la carne y los derivados de su propio compadre…

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Acerca de CRóNICAS de FRONTeRA

Antonio Cruz Coutiño es académico, cronista y algo escribidor; profesor e investigador de la UNACH-Facultad de Humanidades y coordinador del proyecto de investigación "Mitología Maya Contemporánea Chiapas". Es sociólogo, maestro en estudios regionales, doctor en humanidades y Suma Cum Laude por la Universidad de Salamanca.
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